Wednesday, July 09, 2008

El impulso de tu piel nunca te miente

El fin de semana en Madrid fue bombástico. Me lo he pasado tan, tan, tan bien, que al volver he tenido hasta un poco de resaca postvacacional (postfindesemanalargo, más bien), provocada también en gran parte por el hecho de que mis grietitas decidieran abrirse con tanto paseo y tanta sandalia mona. Mis grietitas no son un eufemismo de bisectriz ni mucho menos, son una grietas que tengo en los talones –agh- que no se sabe a qué responden pero que se abren con mil dolores y hacen que eso, que me agriete como si fuese la estatua de Nabucodonosor.
Eso, en Madrid bailé, reí, canté, comí maravillosamente, vi a los viejos amigos, socialicé con otros nuevos y bueno, ahora tengo un poco la sensación de los anuncios de “di no”: “esto es lo que ella cree que está pasando/esto es lo que está pasando”, más o menos como en ese capítulo de los Simpson (lo sé, comparar episodios de la vida cotidiana con los Simpson es un poco lo peor, pero también inevitable, porque al fin y al cabo son ya una parte tan arraigada en la cultura popular como tirar una cabra de un campanario y hay cosas que se explican muy bien recurriendo a sus momentos) en el que Homer y Marge van a separarse –qué novedad- y ella le recuerda su comportamiento en la cena de la noche anterior. Él se ve como un perfecto caballero, haciendo chistes sobre martinis en un entorno como de dibujo del New Yorker de los 40, y en realidad estaba haciendo el cafrolo. Pues algo así: yo me recuerdo como un prodigio de simpatía y elegancia, perfectamente correcta, y ahora rememoro que estaba borracha y drogada como si no hubiera un mañana y que, por ejemplo, estuve cuarenta minutos intentando acordarme de “Charada” y refiriéndome a ella como “esa pilícula con Audrey Hepburn en la nieve”. También repetí innumerables veces “cuánto me alegro de que seas amigo de mi amigooo” (eso lo pienso con el corazón) y, al notar el dolor en mi costillar dos días después, recuerdo como en un flashazo que me caí encima de un televisor. Pero bueno, ¿qué importa eso realmente?
También fui a la librería Valdemar, que me rechifló. En realidad ahora es la librería Opar, sita en un piso de la calle Goya, en el para mí inhóspito y desconocido barrio de Salamanca (para mí Madrid termina al norte en la glorieta de Quevedo, al sur en Lavapiés, al oeste en el Palacio Real y al este en el parque del Retiro). Y qué manera de salivar, lectorcitos míos. Hasta gato tenían, y reloj de pared. Cuántas maravillas en sus estanterías y qué amabilidad la del dependiente. Sólo compré dos cositas porque no era cuestión de agotar mis escoleótica espalda (grietas, escoleosis… es verdad que ya vamos cuesta abajo), pero vamos, que súper-recomendable y maravilloso todo.

4 comments:

W said...

Ha sido un placer tenerte por Madrid. A ver si aumentamos la frecuencia de las visitas.

SisterBoy said...

No te preocupes por lo de Los Simpsons yo baso toda mi filosofía personal en las tiras de Mafalda. ¿Había nieve en Charada?

Me apunto la dirección de la librería que espero visitar si es que al final voy a Madrid a finales de Julio.

ra está en la aldea said...

Sí, las tiras de Mafalda también sirven para ilustrarlo absolutamente todo.
Tienes en valdemar.com la dirección de la librería. El metro es Goya, y sólo abre por las mañana creo que de diez a dos. Los martes también por la tarde. Te recomiento encarecidamente ir, es correrse vivo de placer ya ansias consumistas.

M€ said...

Yo mi vida la baso en episodios de los Simpsons, gracietas de Friends y frases de 'Regreso al Futuro'. Y sí, así conseguí mi primer millón de dólares.

Sobre los límites de la ciudad de Madrid, totalmente de acuerdo, salvo que, para mí, el sur de Madrid es Getafe. Yo soy así, un sentimental.