He llegado de Nueva York tras unos días de felicidad (no es difícil), holgar (siempre comporta felicidad), comer (riquísimo y baratísimo todo) y reír (a mandíbula batiente). Compongamos un retrato del viaje en pinceladas impresionistas:
- Fui a ver a los Knicks al Madison Square Garden a escasas horas de llegar. Cuando mi anfitriona me dijo que había comprado entradas, mi respuesta fue: "¡qué bien! ¿los knicks son baseball?" Pues no, los Knicks son baloncesto, el primer partido de baloncesto de mi vida (tampoco he ido nunca al fútbol, soy taaaan poco deportiva, yo) y una gran emoción y alborozo por el lugar, el evento y el desarrollo del partido en sí. Manos gigantes, perritos calientes, "¡De-fense!" y diez segundos que duran un cuarto de hora, como siempre. Gritos de éxtasis del público, animadoras, cámaras que enfocaban a los más bailones del las gradas y, entre el público, Chris Rock y Michael Jordan, protagonista de "Space Jam" junto a súperestrellas como Bugs Bunny o el Pato Lucas.
- Central Park es un mundo maravilloso de belleza sin parangón. Como estamos en otoño (mi estación favorita -qué onceañero es esto de tener una estación favorita) los árboles caducifolios estaban amarillitos y rojitos y naranjitas, y pasear esquivando a los corredores y a las ardillitas peludas era como estar en una de esas horrendas películas que son "Noviembre dulce" u "Otoño en Nueva York".
- La misa en Harlem. Esto es una cosa increíble que nadie debe perderse endexamáis, y que debería estar en la lista de cosas a hacer en la vida junto a escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. De hecho, como bien supondrán mis lectores, yo creo que debería sustituír a tener un hijo ya. Me imaginaba que sería una cosa como mucho más de coro de negros vestidos de morado cantando salmos y el público cantando con ellos y batiendo palmas, pero en realidad es una cosa mucho más viva, espontánea e increíble que me ha recordado a las imágenes de las misas de los telepredicadores, con gente llorando y dando gracias entre alaridos. Pues algo así, pero mejor. Una catarsis colectiva. Los asistentes a misa lloraban a moco tendido (había gente repartiendo kleenex a diestro y siniestro)
Todos los del púlpito (perdonen mis incorrecciones por desconocimiento del... ¿anabaptismo? sólo sé que eran protestantes, pero ni idea de qué protestantes exactamente. Esto es ser turista) llevaban camisetas de Obama (de los más variopintos y horteras modelos inimaginables) y el sermón tenía más de mitin político que de la misa clásica que todos conocemos y amamos. Todos cantaban y el público entraba en éxtasis. De repente un espontáneo saltaba a la tarima, agarraba el micrófono y empezaba a cantar "oh señor gracias gracias gracias" así, pero con una voz maravillosa y moviendo el culo, durante cinco minutos, y al final se vivía un momento de catarsis en el que parecía que la iglesia iba a estallar de emoción, una del coro se tiraba al suelo a rezar, otro saltaba compulsivamente, se escuchaban aleluyas extraviados de los asistentes y todo era, en fin, como si un ataque de epilepsia colectivo estuviese a punto de estallar. Sales de allí queriendo ver la filmografía completa de Spike Lee, pensando que los negros son la raza superior y que los blancos no la saben (sabemos) meter. Porque esa es otra, qué belleza. No hay nadie más tremendamente atractiva que los negros de Estados Unidos. Sexo.
- Y, finalmente, Nueva York está tomada por Obama, es obamista cien por cien. He llegado a la conclusión (tras arduas reflexiones mientras bailaba imitando a la sirenita en un bar 50's del Midtown) de que Obama es un objeto de marketing más, al nivel del Che o del I love NY. Las chapas y camisetas de Obama se venden en todas partes, y hay carteles y pintadas callejeras molonguis con Obama caracterizado de Superman. Obama está de moda, y una no puede dejar de pensar que ha generado tantas esperanzas y tanta utopía a su alrededor que ojalá le vayan bien las cosas.


Aquí estoy yo, haciéndome la interesante en Central Park. Qué misterio tan misterioso.