No pretendo coger a nadie por sorpresa diciendo que "Paradise Lost" es uno de los documentales (tres, en realidad, que esta historia es demasiado grande y necesita siete horas para ser contada) más apasionantes y absorbentes de los últimos tiempos. Es capaz de retratar al género humano con un verismo tal que llega a hacerse insoportable y a la vez tiene unos giros de guión y unos personajes tales que nos dicen que son ficción y los desechamos por inverosímiles. Yo llegué a la historia sabiendo lo justo (que es una serie de documentales sobre unos asesinatos de niños que ocurrieron en el 93 en el corazón de la América profunda) y eso aumentó la tensión y el disfrute hasta límites insospechados, así que si no saben más, corran inmediatamente a, por ejemplo, aquí, y dispónganse a asistir a un festival de horror, white trash y golpes de melena.
(Breve interludio en blanco para no desvelar demasiado)
(Fin del breve interludio en blanco para no desvelar demasiado)
Bien, hace unas semanas caí en el remolino de esta noficción y durante una semana no pude pensar nada más que en el cambiante look de Damien, en el colmillo retorcido y el mullet de la ficha policial de Jason y en la voz de bajo de Mark Byers. Lo bueno de la contemporaneidad es que las historias no tienen por qué terminar tras las siete horas de documentales encadenados; puedes rastrear a los protagonistas (a Misskelly no, pero no nos flipa tanto, la verdad) y enterarte de cómo son sus vidas hoy, de su aspecto y de qué tal les va. Una vez más, ¡gracias Internet! Eso sí, los crímenes siguen sin resolver. Para la mayor de las incógnitas, terriblemente, no hay respuesta.
Gracias a su twitter descubrimos que Damien Echols vive con su esposa en Salem ¡! (¿cómo es de grande este dato?), tiene una especie de tienda esotérica en la que vende runas y piedras de cuarzo y se ha convertido en una especie de Paulo Coelho fan de Metallica.
Aquí le tienen en un día de invierno normal en su pueblo:

Damien (que no lo olvidemos, dijo haber cambiado su nombre no por La profecía sino por Molokai, la película de la leprosería y el padre Damián) siempre fue el más carismático de los condenados y hoy es una especie de estrella que se codea con famosos de lo más estrambótico; véase la siguiente foto en la que comparte plano con ¡Sky Ferreira! y ¡Genesis P-Orridge!

A Jason Baldwin le vemos feliz y exultante en su facebook, aprovechando el tiempo que le queda para viajar, hacer deporte y posar siempre con una sonrisa. Parece ser que vive en Seattle, en las antípodas del mundo de parques de caravanas y mullets en el que fue detenido.

Humor aparte -¿qué sería de nosotros sin el humor?-, da una infinita tristeza ver estas fotos y pensar en cómo la vida de estos adolescentes se truncó y en cómo han acabado convertidos en una especie de estrellas del pop y representantes de un sistema judicial y social chiflado. Pero vean, vean la foto que Jason utilizó como imagen de portada de su facebook. Es mucho de reír y es mucho de llorar.
