Tal
vez porque me toca de cerca, me fascina el significado que el cine hollywoodiense
le da al pelo rizado (me toca de cerca el pelo rizado, no Hollywood). El pelo
femenino, claro, siempre está cargado de simbolismo y remite a la sexualidad, a
mujeres que una vez casadas ya no podían llevar el pelo suelto, a melenas
sueltas desordenadas que sugieren violaciones, a mujeres que una vez violadas
se cortan el pelo y a judías ortodoxas que se lo rapan para mostrarle al mundo
su peluca (razones por la que en el debate sobre pañuelo-sí pañuelo-no en el
mundo musulmán, rotundamente pañuelo no), pero los rizos significan aún más, porque
normalmente se usan para definir personajes femeninos de carácter intrépido e
independiente o que caen directamente en la locura total y falta de control
sobre una misma (véase el pelo frito de Glenn Close en Atracción fatal). En
otra vertiente más comedida, los rizos son simplemente un ejemplo de mujer que presta poca atención a su aspecto físico
y que no se cuida (véase Cameron Díaz en Cómo ser John Malkovich), algo de lo
que culpamos básicamente a la omnipresencia de la melena planchada en los años
90, que todavía colea hoy veinte años después. ¿Es este uno de los principales problemas de la representación de las mujeres en los artefactos culturales? Por supuesto que no, pero sí es un ejemplo de lo reduccionistas y estúpidos que suelen ser éstos. Es como si una mujer de pelo
rizado no pudiese ser atractiva y deseable con su pelo natural y, para lograrlo,
tuviese que pasar por largas horas de peluquería (o directamente llevar peluca),
justo como le pasó a Nicole Kidman cuando tuvo que dejar atrás definitivamente esa
rubicunda (y muy sexy) imagen en Calma Total para convertirse en la mayor
superestrella de su momento luciendo una trabajadísima melena.
Así que aprovechamos para
recordar cinco momentos importantes en la historia del pelo rizado
cinematográfico, que podrían ser muchos más pero estos los llevamos
especialmente en nuestra cabeza llena de bucles y permanentemente despeinada.
Tal como éramos: Barbra sentó cátedra una vez más
identificando pelo con independencia y autoafirmación. Al principio de la película, la muy
inteligente, concienciada, judía y pesada Katie Morosky luce unos bucles
fantásticos que son casi de melena a lo afro; esto dura un ay porque enseguida
empieza a planchárselo pensando que así gustará más a Hubbell (y de paso evita
que él se cele porque haya otro pelazo capaz de hacerle sombra al suyo propio),
cosa que ocurre; Barbra se pasa la película con el pelo precioso, todo hay que
decirlo, pero bien a raya con plancha y cepillo; el tiempo pasa, la relación
evoluciona, se van a California, pasean por la playa con un lookazo de punto y
vaqueros por el que todavía suspiramos, llega la lista negra, comprenden que
son demasiado diferentes para ser felices y rompen. Cut. Llega la escena final en
la que los años han pasado y la expareja se reencuentra casualmente en Nueva
York. Y, tachán, ella puede lucir su pelo natural porque ya no tiene que fingir
ser otro tipo de persona, ya no tiene que ser educada, polite, cínica y
cuándotuvasyovuelvo de allí porque no tiene un Hubbell que le corte las alas para
protestar contra la bomba nuclear, ser rogelia total, decir en voz alta lo que
piensa sin importarle si es poco apropiado o incomoda a los presentes y sí, por
fin, puede llevar la cabeza bien alta llena de bucles. Y para explicar del todo
el alcance del pelo de esta película en la cultura popular, sintiéndolo mucho, tenermos
que referirnos a –argh-, la escena
de Sexo en Nueva York en el que Carrie se compara con la Katie protagonista
porque ella también es una chica complicada y libre, y ella también, como
muestra de esa inteligencia y ese complicadismo, tiene el pelo rizado, como
K-K-Katie (al final del capítulo hay otra bellísima analogía entre Carrie
Bradshaw y un caballo, algo que no podemos sino aplaudir entusiasmados).

Entrevista con el vampiro: la prepúber Kirsten Dunst se convertía en vampira e instantáneamente se le rizaba el pelo con unos tirabuzones de muñeca gótica que ya querrían las espumas Giorgi para sus publicidades. En esta película llena de melenacas, tintes, postizos y pelucas loquísimas su melena a lo Luis XIV creada por arte de magia remitía a la sexualidad del vampiro y al siempre rizado vello púbico (¿lo recuerdan? ha desaparecido).

Princesa
por sorpresa: Anne Hathaway tenía entrecejo, lucía gafotas, era desgarbada como
sólo lo son las adolescentes y naturalmente tenía un melenón rizado que vale,
pedía a gritos una mascarilla hidratante, pero podría haber sido igualmente
regio adecuadamente acondicionado. ¿Podría? Pues por supuesto que no; a Julie
Andrews and company les faltó tiempo para sacar las ghd o su correspondiente de
la época y eliminar, con los pelos del bigote y los modales de yankee, los rizos,
que son síntoma de falta de señoritinguez.

Criadas
y señoras: la Skeeter que interpreta Emma Stone es una escritora en ciernes que
oscila entre lo que se supone que tiene que ser su vida y lo que a ella le
gustaría que fuera. Cuando se inclina hacia el lado de lo que se supone que
tiene que ser, acepta una cita a ciegas y que su madre le planche la melena rizada
para estar pefecta en el evento. Después de horas de sufrimiento, se ve en el
espejo con su nuevo look planchado y moldeado y chilla de entusiasmo. ¿Es esto
lo que quieren en el fondo todas las chicas con el pelo rizado? ¿Por qué el
cine actúa como si fuera así? (estas preguntas son tan, a su vez, Carrie
Bradshaw que voy a ir terminando o quién sabe cómo terminará esto).

Brave:
Odiamos Brave, de acuerdo, con ella Pixar nos ha dado un disgusto comparable al
que tuvimos con Cars, pero su protagonista es la plasmación más exacta de
nuestra teoría que hemos visto en el cine de los últimos años. La princesa
Mérida es rebelde y asalvajada, no se quiere casar, odia las buenas maneras y
prefiere ir por ahí con su arco y sus flechas (el amazonismo es tendencia total
con Jennifer Lawrence en los Juegos del hambre, y nunca hay que menospreciar el
poder icónico de una mujer apuntando con un arco y una flecha, así como una
cosa fálica y poderosa), ¿y qué es lo más efectivo para resaltar ese carácter
indómito y rebelde? Una buena melena rizada indómita y rebelde, y pelirroja,
para que el efecto sea doble. Es una princesa, sí, pero tiene el pelo rizado,
ergo, no es una princesa comme il faut.
