Wednesday, October 05, 2011
Siempre para mí eres lo primero y aunque falte el dinero te quiero
Monday, October 03, 2011
Timberlake emasculado
Sunday, September 25, 2011
En esto creo
Friday, September 16, 2011
... pero se casan con las morenas
Hay muchos libros clásicos cuyos personajes mantienen plena vigencia hoy en día. Podemos sentirnos identificados con sus pasiones, problemas y personalidad e incluso algunos han pasado a ser arquetipos en los que reflejarnos. Sin embargo, hay otros personajes cuya gracia está, precisamente, en lo demodé de su planteamiento –tan demodé como la propia palabra- y en que no puedan comprenderse más allá de un contexto muy concreto. Son imágenes vivas de una época que no hemos podido conocer con un delicioso sabor añejo. Esto es lo que le ocurre a la Lorelei Lee de Los caballeros las prefieren rubias.
Hollywood, años 20. Por si estas palabras no fueran suficientemente evocadoras, añadámosle la pequeña –por bajita, no por importancia– figura de Anita Loos, escritora, guionista y amiga de algunos de las estrellas de cine más importantes de su tiempo. Ella misma cuenta en el prólogo de su libro cómo la idea de la novela surgió durante un viaje en tren desde Nueva York a Los Ángeles, en el que una joven compañera de vagón recibía todas las atenciones y cuidados de la mayoría masculina de los pasajeros. Intentando explicarse el por qué, llega a la siguiente conclusión: “¿Por qué esa chica me daba cien vueltas en atractivo femenino? ¿Estaría su fuerza (como la de Sansón) en el pelo?”. Naturalmente, se trataba de una rubia. Y de tan en apariencia simple premisa nace una de las novelas de humor más descacharrantes, incisivas y ácidas del siglo pasado.
Los caballeros las prefieren rubias está narrada en primera persona por su protagonista, la rubia Lorelei Lee, una bella jovencita con la cabeza a pájaros, muchas ganas de medrar y decidida a cumplir el deseo de cualquier chica de bien de Little Rock, Arkansas: pescar un buen marido. A Lorelei naturalmente la mantienen hombres de buena posición que acuden a Nueva York en busca de diversiones. El tiempo que no está con ellos lo dedica a ir de compras, acudir a fiestas en las que se bebe alcohol destilado en bañeras de mármol y a escribir sus reflexiones sobre la vida en su diario, que nosotros leemos complacidos. Muy pronto su protector la hará emprender un viaje por Europa con su amiga Dorothy Malone, el contrapunto inteligente y cínico a la cándida Lorelei. Olviden la película de los años cincuenta: no tiene más interés que un par de buenas canciones pegadizas y el disfrutar a Marilyn Monroe y Jane Russell, siempre tan agradecidas a la vista. La verdadera chicha de Los caballeros las prefieren rubias no está en las peripecias de las protagonistas, sino en cómo se cuentan estas peripecias, con un lenguaje que es una verdadera obra maestra de agudeza psicológica y sentido del humor.
La novela fue un éxito instantáneo que se tradujo y reimprimió infinitas veces. Años después, animada por sus amigos y editor, Anita Loos escribió una segunda parte, Pero se casan con las morenas, en la que Dorothy Malone cuenta su propia historia, desde su nacimiento en un circo ambulante de California hasta convertirse en una flapper de las Follies de Nueva York. Una historia de éxito y superación personal al estilo de los hombres hechos a sí mismos tan queridos por la mística norteamericana, pero restándole seriedad, épica y grandilocuencia. Anita Loos se ríe del sexo, de la white trash y de la hipocresía de una sociedad pacata en plena ley seca. En algunos países, como la Unión Soviética, la novela se leyó como una muestra de explotación femenina por parte de una sociedad machista y violenta. Hay bastante de verdad en eso; las trayectorias de las protagonistas podrían ser parte de la gran tragedia americana si estuviesen narradas con otro tratamiento, examinándolas con crudeza. Y, sin embargo, preferimos quedarnos con la parte frívola y divertida de la novela, sin dobles lecturas. En estos tiempos tan serios en los que vivimos, en los que todo lo que ocurre es tan importante, siempre hay un momento para leer Los caballeros las prefieren rubias e inundarnos del optimismo brillante de Lorelei Lee.
Monday, September 05, 2011
Hijos, nueras, exnueras y exyerno
Tuesday, August 30, 2011
Lo difícil que es pisar el asfalto en Broadway
Thursday, July 14, 2011
CSI Bernidorm
Tuesday, June 28, 2011
Sucesos increíbles y muertes singulares
Sunday, June 26, 2011
Donald y el almacén de los mundos
Wednesday, June 15, 2011
Vanavaina Okohonga
Thursday, June 09, 2011
La cinta rosa de la infanta Margarita
Monday, May 30, 2011
Gracias, TDT
Friday, April 29, 2011
¡La boda de William y Kate!
Wednesday, April 20, 2011
Paz Padilla rima con ensaladilla
Wednesday, March 09, 2011
Thursday, February 03, 2011
Últimas lecturas
- Sí, tiene delito que me haya puesto a leer “Crónicas marcianas” ahora, con un retraso de cincuenta años. Hay muchos huecos en mi biblioteca de clásicos de ciencia ficción, que nunca he sido yo muy del tema –siempre más de ensayo-, por no hablar del último libro “de ciencia ficción” que leí, que fue “El mundo sumergido”, de Ballard (sí, no fue Crash precisamente), que me pareció, con pocas salvedades, una mierda pinchada en un palo y mal traducido, además. Supongo que aparte de todo eso las reminiscencias al programa del horrendo Javier Sardá (horrendo Javier, el programa no) no hacían que me entrasen las ganas de ponerme con Bradbury. Y qué sorpresa tan estupenda porque sí, a estas alturas del cotarro he descubierto que Crónicas Marcianas es poesía pura, con sus relatos inquietantes, otros de puro terror, la mayoría tristísimos y melaconlérrimos, todos sin excepción hermosos. Sí a Bradbury y a Crónicas Marcianas, que solo con recordar su lectura me entran una nostalgia y una pena negra que me hunden el pecho. Buena señal.
- “El postporno era esto”, de María Llopis, me ha introducido en un tema del que nada sabía (el postporno, efectiviwonder) en una Barcelona que es como una ciudad paralela a la de mi existencia. Por esa parte, bien. Por la otra, la de diario de la autora con infancia trágica y catástrofe sentimental incluida, mucha sensación de déjà vu y mucho ver venir el drama un kilómetro antes de que ella se de cuenta, y mucho sonrojarme de vergüenza ajena ante párrafos como este, que paso a copiar, atención: “y a lo mejor no necesito paz y tranquilidad como creía, sino el caos en el que estoy inmersa ahora, donde no sé cuando empiezan o acaban los días y menos las noches, que se solapan y se mezclan, entre la música de mi ordenador, la música del Razzmatazz, los polvos blancos y el sexo”. Además todo el tema personal de María Llopis in yeneral me recuerda un poco, mutatis mutandi (solo un poquito, que si algo me ha quedado claro es que el postporno no tiene que ver con el porno), a la biografía de Jenna Jameson “Confesiones de una estrella del porno”, a cuya portada solo le faltaban unos cristalitos de svarovski, como los que ponen en las de Elle, para ilustrar el concepto de ironía postmoderna. Se suponía que la biografía era algo divertido que hablaba de lo glamouroso (agh, palabra prohibida) y sexy de la vida de las pornostars, siempre con un punto de humor y de desmitificación y bla bla bla; pues bien, el resultado era un drama de novela rusa del XIX en el que Jenna Jameson se desvelaba como un puro producto de la white trash: huerfanita de madre desde los cinco años, con un padre con síndrome de estrés postraumático tras su experiencia como soldado en Vietnam, un hermano heroinómano, una violación a los 13 años, una mejor amiga stripper asesinada, un rosario de abusos sexuales y relaciones enfermizas con novios que la chuleaban en todos los aspectos de su vida, unas traumáticas primeras experiencias en el mundo del porno… Tras su lectura terminabas replanteándote el concepto de que ser actriz porno es una profesión como otra cualquiera y, aunque las generalizaciones son horribles y en realidad sé que no todo el mundo tiene a sus espaldas el currículum de la pobre Jenna, de repente mirabas a Celia Blanco o a Anastasia Mayo como con un poco de pena (aunque esas dos en concreto me parecen muy conscientes, libres y sanas mentalmente). Y, volviendo al libro de María Llopis, qué gran editorial es Melusina, que el 80% de lo que publican es interesantísimo y apasionante.
- “Guía de supervivencia Zombie”, de Max Brooks. Esta no es tan imprescindible como el maravilloso tratado de geopolítica disfrazado de entretenimiento inocente que es “Guerra mundial Z”, pero aún así, me ha gustado seguir los primeros pasos de Max Brooks en su investigación del drama zombie. Y si algo me ha quedado claro tras su lectura es que, cuando los muertos se levanten, yo seré de los primeros en caer, en parte porque no sé si quiero vivir en el mundo de los supervivientes, en el que no habrá televisión, ruffles al jamón ni discusiones sobre el poder de twitter.
- “El arte del asesinato” es un compendio de relatos de investigadores de Chesterton. El padre Brown tiene guardada una sillita cómoda en mi corazón desde hace muchos años, y todo el libro exuda britanismo. Pocas cosas más se le pueden pedir a un libro. Sí, una más: que lo edite Valdemar. Felicidad completa.
Monday, January 10, 2011
El discreto encanto del vacío
11.15 h: Bien. Los zagales terminan de leer sus cartas.
Han escrito lo obvio y lo han escrito de forma explícita…
te quiero mucho
eres chachi
amigos para siempre
Étc.
(Nota para mis chicas preferidas: Laura era lamiga invisbl d Marclo,,y lea scrito 1 krta,,mazo gonita y dspues san abrazao y san dao bsitossssssssss!!)
Después hablan de pedos.
Yo no me tiro pedos, señores. Eso son calumnias, injurias -dice Marcelo.
-Es verdad, yo no me he comido pedos de Marcelo -dice Laura.
-Pues tú el otro día te tiraste uno que… -dice Marcelo.
-No es verdad -dice Laura. Yo te avisé y al final no lo llegaste a oler ni nada.
Ay, el amor, amigos. Quién lo pillara.
01:26 14.25 h: Jackie vuelve del confesionario: se va a Israel.
Más besos, más abrazos.
Patricia quiere que le traduzcan “tú y yo amigos para siempre”.
Desde aquí trasladamos el saludo de Patricia a los responsables de la LOGSE.
Después el característico despliegue de originalidad y capacidad expresiva:
“Yu an mi olguais frens”.
“Mis yu very mach”.
“El Jackie, el Jackie, el Jackie es cojonudo”.
“Te quiero mucho”.
Leré, leré.
14.55 h: Terry y Jota de intercambio psíquico.
Dios mío, llévame pronto.
19.25h: A Patricia la mención de una fiesta la hace enloquecer, y decide invitar a Jackie a su particular mundo Disney.
Coge al israelí de la mano y le enseña el jardín mágico que hay fuera de la casa.
Mientras, le canta la canción de Aladdin y la de Pocahontas.
“Tú, ven p’acá, Yonesmí”, le dice. Lo que se traduce en : “Tú, ven para acá, John Smith”.
Flotan sobre el césped embrujados por la magia de Disney.
Súper se manifiesta y dice: “Chicos, GH Israel os quiere decir unas palabras”. Luego habla otra formade vida y dice algo en hebreo.
“Tía, tía, tía, tía, tía”, dice Laura a nadie en particular.
Patricia añade a las cualidades de su hombre ideal, “que tenga un conejo macho para mi coneja”. Sin doble sentido de ningún tipo. Literal.
13.35 h: Sin rastro de vida inteligente.
Ni inteligente, ni de la normal.
14.36 h: Hablando de emoción, reencuentros y lágrimas, se produce el siguiente diálogo:
-Para ponerme así tendría que pensar en algo muy malo -dice Lydia.
-Pues piensa que te quedas sin cremas y sin pinturas -dice Patricia.
-¡Uy! Calla, calla.
Después pierdo el conocimiento y luego ya no me acuerdo de dónde lo he puesto.
Acto seguido hace una retrospectiva de su vida amorosa desde su primer ex-novio hasta Rubén. Su primer ex-novio, dice Chari, era: “un golfo. Se había acostao con todo lo que había podido, con medio Cádiz. Era un tío que llamaba mucho la atención, era guapísimo… moreno, ojos verdes, tenía un cuerpazo, era policía… Todo, lo tenía todo”.
Esto es: guapo y policía.
Por Dios vivo.
Por supuesto, Terry termina enfadándose. O no. O vete a saber.
Ellos mismos resumen la situación perfectamente:
-¿No sabes mantener una conversación sin gritar y sin insultar? -dice Yago.
-No, no sé -dice Terry.
Bueno, el primer paso es reconocerlo.
A Patricia le ha gustado mucho la película La Carretera (película basada en una novela ganadora de un Pulitzer) y la define alegremente como: “es de miedo pero romántica también”.
Como se entere McCarthy arde Troya.
La crítica cinematográfica y resumen de argumentos continua, mayormente ceñidas al genero de terror, metiendo La semilla del diablo de Polanski en el mismo saco que Scream, así que hago un esfuerzo por no prestar atención.
1:44 De pronto, Laura se cabrea porque Jhota no le ha querido dar un cigarro. La parleña de dice que porqué se pone así, que parece que está con la regla. Jhota le contesta con su diplomacia habitual: “Estoy con la regla y con el rabo tieso”. Cuanto bien haría este chico en las Naciones Unidas.
4:00 Y con esto nos despedimos. Mañana veremos quién es el expulsado. ¡Que emoción! ¿O no? Buenas noches, amigos.
Thursday, January 06, 2011
Dos problemas (acompañados de sus soluciones para no tener que molestarse en descifrarlos)
Wednesday, December 29, 2010
¿Qué es el fin de semana?
Como amenazaba en la entrada anterior, me puse a ver Dowton Abbey y efectiviwonder, lectorcitos, qué manera de gozar. La serie tiene a todo el mundo con el culo del revés y no es para menos, porque es una delicia de ver –muchas libras se han gastado en cada capítulo, ¡y qué vestuario! Si alguna vez me caso querría hacerlo embutida en uno de esos modelos diseñados por Poiret- y un ejemplo de entretenimiento y agilidad del que deberían aprender todos los culebrones con ínfulas. Además mi parte de historiadora (una parte muy, muy grande) disfruta como pocas veces lo ha hecho delante de la tele con todos esos pequeños detalles tan sherlockholmenianos como que el servicio planche las páginas del Times para que al señor no se le manchen los dedos de tinta o con esa escena en la que Maggie Smith envuelta en muselinas le pregunta desconcertada al joven Matthew: ¿qué es el fin de semana? Bravo. Casi toda la atmósfera y el contexto de la serie están condensados ahí, en esa pregunta. Maggie Smith interpreta a una lady de toda la vida acostumbrada a vivir de las rentas de las tierras y Matthew es un hombre que vive de su trabajo, un abogado de Manchester (¡qué ignominia! ¡nunca será un verdadero caballero!) que, hablando de no sé qué tema en el transcurso de una comida, dice “No pasa nada, lo haré el fin de semana”, y ahí es cuando Maggie Smith hace esa soberbia pregunta que resume y condensa todo lo que supuso la aparición de la sociedad industrial, con sus horarios y obligaciones, en el mundo agrícola que llevaba establecido, sin apenas cambios, varios milenios. Y habla de lo que supone ser un señor y ser un sirviente, y te hace comprender de golpe hasta dónde llegaba ese mundo hoy desaparecido (tal vez sólo superviviente en el palacio de Windsor). Jo, es que es como para levantarse y aplaudir.
Friday, December 03, 2010
Las cosas buenas que me ha dado Inglaterra
La pequeña monárquica que hay en mí está emocionadísima con la boda de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton. Como soy una persona racional y adulta, me opongo totalmente a la existencia de la monarquía, da igual que sean una vergüenza para sus súbditos –en plan el nunca suficientemente recordado, ponderado y elogiado “quiero ser tu tampax” del príncipe Carlos, que me cae genial y soy fan de sus mermeladas ecológicas- o mantengan la compostura –como se supone que hacen, argh, los Borbones-, hay que oponerse a la existencia de la monarquía por principios y porque por algo 1789 es un año con mayúsculas de la Historia. Pero la parte irracional que llora leyendo el pasaje de Guerra Mundial Z en el que se habla de los monarcas británicos durante la Segunda Guerra Mundial y se emociona con la escena inicial de “El Rey León” aplaude y se regocija ante el boato, la reina de Inglaterra y la boda del hijo de Lady Di (¡el hijo de Lady Di!), que es de mi edad y que cuando éramos pequeños era un bomboncito y ahora que tenemos 28 años se ha puesto feo feo, aunque aún así merece mi simpatía. Y Kate me encanta: tiene cara de lista, es mona sin ser espectacular y su familia tiene ¡una empresa de matasuegras! (bueno, de artículos para fiestas, que viene siendo lo mismo). Como dijo sabiamente Ming una vez que rompieron: “no me gustaba para Guillermo, pero me encantaba para Inglaterra”. Y ahora que se han reconciliado y se van a casar, aplaudimos la elección de William, hacemos planes para el día de la boda y recordamos todo lo bueno que nos ha dado la Pérfida Albión, que es mucho y variadito:
- Enid Blyton: la serie completa de Los Cinco con su cerveza de jengibre, su pastel de carne y ese rollo de niños prepúberes vagando libres sin la supervisión de ningún adulto enfrentándose a contrabandistas y ladrones (y la canción que les dedicaron Enrique y Ana con el extraño verso “porque Tim es el que más”); las series de los internados (“Torres de Mallory” o “La traviesa Elizabeth”) con sus extraños juegos de reglas incomprensibles que parecen tan emocionantes como el quidditch; sus toneladas de cuentos, de los que mis favoritos son los de la muñeca Arabella, en la línea de Toy Story y muy recomendables… kilos de páginas súper british, machistas, racistas y entretenidísimas.
- Topshop: sí, la ropa es carísima para los que pagamos en euros y la calidad no se corresponde con el precio; tienen esas prendas que sólo se pondría una británica borracha de vacaciones en Salou y ya vale de las colecciones de Kate Moss, pero en general Top shop me encanta, me flipa, y su web es estupenda.
- El earl grey de Twinings: en estos tiempos en los que todo el mundo bebe té blanco, té verde, té rojo antioxidante e infusiones de roiboos, reivindico el té negro (el de siempre, el de la casa, como Julito) de esta marca cuyo logotipo me fascina y que tiene la –para mí- virtud de que su sabor no se ve muy afectado por el agua con el que se hace. En Barcelona el agua sabe fatal y esta es de las pocas marcas con las que el té está casi tan rico como cuando se hace en un agua con menos cal.
- Sherlock Holmes y su recreado hogar en el 221 B de Baker Street. Que en realidad no está en el 221 B, sino en la casa de al lado, pero lo aceptamos y aplaudimos. Mi construcción mental de Inglaterra es casi exclusivamente victoriana debido a las historias de Sherlock Holmes que me tragué enteritas en mi infancia. Por eso Londres es un lugar maravilloso en el que en cualquier momento te puedes subir en un tren que te deja en Surrey o en Dover para enfrentarte a una vampira o a unos anónimos dibujos de muñecos danzantes que atemorizan a tu esposa. Y todo está lleno de parterres, balaustradas, zaguanes y guardas de la finca. Y te encuentras en la campiña inglesa, ese concepto que significa tanto, jalonada de lugares tan increíbles como los que aparecen en este genial programa británico, sólo que antes de la decadencia. Y en la pared de su apartamento Sherlock ha trazado a balazos las patrióticas iniciales V. R., de Victoria Regina, así que eso justifica por sí solo la existencia de una monarquía.
- Las series de la BBC, el logotipo del Thames, Benny Hill, esas obras maestras de seis capítulos como The It Crowd, The Office, Dead Set... Y ese ejemplo de lo que es la lucha de clases que se llamará para siempre en mi corazón “Arriba e abaixo” (porque la vi en la gallega), porque con la familia Bellamy aprendí lo que era el movimiento sufragista. De ahí el gusto por los mayordomos con librea y las cofias almidonadas. Sí, todo indica que me va a encantar esta serie.
- Inglesas borrachas que vienen de despedida de soltera a la soleada España. Parece un grupo de facebook, pero es la realidá. Se pasean con minúsculos vestidos a temperaturas heladoras, portan pollas de plástico en la cabeza y protagonizan “reportajes de investigación” en programas tipo “Seis días, siete noches”, siempre dramáticos e hilarantes.
- Actores británicos de esos que están curtidos de interpretar a Shakespeare y ponen la nota de calidad en producciones americanas. La lista es tan larga…
- Oliver Twist y su “por favor, quiero más”. O lo que viene siendo la literatura clásica inglesa, con mención especial para Oscar Wilde, Jane Austen y las hermanas Bronte, cuya ruta por sus escenarios sueño con hacer desde que leí “Querida Jane, querida Charlotte”, de Espido Freire (sí, lo sé), un libro que me encantó porque tiene ese rollo mitómano absurdo muy en la línea del peregrinaje que he hecho yo tantas veces por los escenarios de las obras y la vida de Jardiel Poncela.
- El museo Victoria y Alberto: una cosa muy poco moderna y muy poco arty, llena de encajes, vestidos, cucharillas de plata y recuerdos de cuando Inglaterra era la reina del mundo. Un lugar maravilloso y muy recomendable, para perder la cabeza, súperguachi e inspirador. En serio, la Tate está muy bien, pero más Victoria y Alberto.
- Las historias de Guillermo Brown: porque pocas veces se ha plasmado tan bien la retaguardia británica durante la segunda Guerra Mundial, con el padre de Guillermo jodidísimo porque no puede conseguir su queso Stilton debido al racionamiento. Y son historias infantiles de un ingenio y un talento que resisten de maravilla el paso del tiempo.
- Todo lo que está bajo la etiqueta de “humor inglés”, ya sea series, películas o libros en la línea de Woodehouse, (que le encanta a mis tíos), Chesterton y las historias cortas de Roald Dahl, que un novio que tuve definió muy acertadamente con “cómo se nota que son ingleses, en todos los relatos se dedican a apostar y beber”.
- Nick Hornby, que me gusta hasta cuando no me gusta (como en “Todo por una chica”, que no me gustó nada pero aún así, bien por él). Por haber escrito las novelas y haberlas adaptado en películas que me encantan aunque tengan mil defectos, como “Un niño grande” o “Alta fidelidad”. Por conseguir que yo, que odio el fútbol, disfrute mucho con “Fiebre en las gradas” (pese a estar traducido con la punta de la polla), el relato de su historia como hincha del Arsenal. Por haber trabajado en el guión en la ya muy de culto “An education”. Por haber incluído en “31 canciones” “I’m like a bird”, de Nelly Furtado, que no es de mis canciones favoritas pero fue su primer single y sin ella no tendríamos a la casi cejijunta Nelly entre nosotros.
- Las películas de James Bond, para siempre unidas a largas tardes de invierno en la aldea en las que aplaudíamos llenos de contento cuando empezaba “Octopussy” o “El hombre de la pistola de oro”. Y esa secuencia inicial de “La espía que me amó” (ay, esa canción de Carly Simon) que justifica por sí sola toda una saga, cuando James va esquiando, cae por un acantilado, todos -ejem- tememos por su vida y de pronto despliega un paracaídas con la Union Jack y nuestros corazones quedan henchidos de patriotismo por un país que ni siquiera es el nuestro.