A mí todo el tema del "nunca máis" después del descubrimiento del Holocausto y tal me da un poco la risa y me parece la cosa más hipócrita y absurda del mundo, porque anda que no se han dado en los últimos cincuenta años y se siguen dando diariamente horrores tan espantosos como ese en todo el mundo in yeneral y en el corazón de Europa en particular.
Tal y como está la vida y el mundo una -que es una persona de bien pero tiene tendencia al cinismo y al relativismo- no puede ver las cosas en blanco y negro. El tema de la segunda guerra mundial, del bloque soviético y sus horrores, del nazismo como el mal supremo del mundo y de la historia del pueblo judío y del nacimiento de Israel hace que no se pueda ver la Historia (perdón por la mayúscula) separadita entre buenos y malos tal y como se ve cuando tienes 12 años, pero aún así... pocas veces se ve tan claro el horror, los inocentes y los culpables, como en un campo de concentración. Es que no admite discusión posible, y que quede claro que yo me he visto en la tesitura de discutir con un muchacho (un poco transtornado, también creía que la Trilateral dominaba el mundo) la importancia y el alcance del Holocausto, que no lo negaba, pero decía que las cifras estaban muy hinchadas y que "bueno, tampoco ha sido para tanto".
El fantasma que recorre Europa es el antisemitismo, ¿no? El antisemitismo es una cosa así como típica de Europa, de todos los países, no sólo de Alemania y -por favor- no sólo de la Alemania nazi. A mí me gustan mucho los lugares con una historia dramática y terrible, pero eso es tanto como decir el mundo en general y Europa en particular, desde Casas Viejas a Dubrovnik. Las catedrales y las partes antiguas de las ciudades europeas son unos cementerios fantásticos por los que pasamos todos los días sin darle mayor importancia, pero aún así el nombre de "Auschwitz" es oírlo y claro, tiene un peso brutal, es un nombre que evoca unas cosas que ríete tú de los perros de Paulov.
El campo en sí no está muy "museografiado", lo que ves es lo que había (reconstruido en algunas partes, la mayoría intacto). Cada pabellón está dedicado a un tema, en plan "la vida en el campo", "la llegada", "los experimentos de Mengele" y cosas así de escalofriantes. Fotos, paneles explicativos y poco más, sin dejar de mencionar las vitrinas: una, enooorme, llena del pelo que le rapaban a los presos al llegar. Trenzas, coletas, moños... un montón de pelo, y al lado un lienzo con la tela que tejía y comercializaba una empresa alemana con el pelo comprado. Otra vitrina llena de brochas de afeitar, zapatos, cepillos de dientes... Los pasillos de los pabellones, llenos de las fotos de las fichas de los prisioneros del campo, con la fecha de su llegada y la fecha de su muerte. En algunos, la profesión también. El pabellón nº 11, en el que los guardias de las SS torturaban a los prisioneros, el potro, la horca en la que fue ahorcado Rudolf Hess... Luego la visita a Birkenau, que bueno, estar delante de las archiconocidas vías del tren, que terminaban allí, es una cosa... y ahí sí que me quedé un poco flasheada, porque hay poquita gente, y recorres los pabellones que has visto mil veces, estos de madera que eran originariamente cuadras para 50 caballos y terminaron albergando a 200 personas, prácticamente en soledad. Las imágenes mil veces vistas del barracón largo y estrecho, con literas de madera y varias personas asomando la cabeza de cada receptáculo, están tomadas allí. La mayoría (el campo es una extensión enorme) están derruidos, pero algunos se mantienen, entras, caminas por ellos, ves las chimenenas con las que se calentaban... Pensándolo con el paso de los días el recuerdo se vuelve como más escalofriante y tal. Y no sé muy bien qué decir, porque por momentos piensas en la de veces que visitas cosas como las cámaras de tortura de los castillos medievales o cárceles renacentistas, y piensas en que no es ni temor ni pavor ni respeto lo que se te pasa por la cabeza, y que la diferencia entre que una cosa te conmueva o simplemente te resulte un espectáculo un tanto kitsch tal vez esté simplemente en el paso de los siglos, y no sé si eso es muy bueno.
Y al volver, mi partenaire del viaje conoce a una joven polaca que le cuenta que se arrepiente de no haber ido todavía a Auschwitz, porque su abuela estuvo prisionera allí cuando era una niñita, y que le contaba que cuando el ejército soviético se acercaba y los nazis se prepararon para largarse (con los que aún podían andar, el protagonista de Maus entre ellos), fusilaron a muchísima gente y ella -la abuelita- se salvó escondiéndose dentro de las letrinas.